¿Por qué Costa Rica apuesta por los autos eléctricos y Panamá no?
- Mario Andrés Muñoz

- hace 1 día
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Hace pocos días visité San José, la capital de Costa Rica y era visible la gran cantidad de automóviles eléctricos, por la sencilla razón de que cuando se trata de este tipo de vehículos, portan una “placa verde”. Se exhiben no solamente por el orgullo de apostar por este tipo de movilidad, sino porque no tienen restricción los días que corresponde en los días de “pico y placa”, una ventaja para circular en las áreas más congestionadas.

Gracias a ese tipo de placa el impuesto de circulación es mucho más bajo. Es un hecho que en los dos mercados el contrate es claro y la razón está en la decisión de las autoridades. Ahora que el mundo vive en una crisis energética, Costa Rica celebra por tener arriba del 10% de una flota vehicular que no le preocupa el precio del petróleo.
Los incentivos son atractivos en el mercado tico, mientras que en Panamá no marcan una diferencia. Y eso ha permitido un ecosistema funcional en el tema de red de carga. Hay mayor cantidad y de mayor potencia en ese país, que en Panamá.
La red de carga eléctrica es amplia, estratégica y, en gran medida, impulsada por el Estado. Esto elimina una de las principales barreras de entrada: la ansiedad por la energía. En Costa Rica, el conductor eléctrico no siente que está apostando; siente que forma parte de un sistema diseñado para funcionar.
Panamá, en cambio, avanza con más cautela… o más lentitud. Aunque la legislación contempla incentivos —incluyendo la posibilidad de placas distintivas para vehículos eléctricos— en la práctica estos beneficios no se han materializado de forma consistente. La ausencia de una “placa verde” es una prueba que en Panamá decimos que nos interesa tener autos eléctricos pero no lo demostramos.
A esto se suma otro punto crítico: el propio Estado panameño no ha cumplido con los porcentajes de incorporación de vehículos eléctricos en su flota, tal como lo establece la Estrategia Nacional de Movilidad Eléctrica. Las metas deben ser 30% en el 2030 y de 10% en la actualidad, envía una señal contradictoria al mercado. Si el gobierno no lidera con el ejemplo, difícilmente se puede esperar una adopción acelerada por parte del sector privado o los ciudadanos.
La infraestructura también evidencia esta diferencia. En Panamá, la red de carga sigue siendo limitada y fragmentada. Sin embargo, aquí aparece un matiz importante: no es solo un problema de oferta, sino también de demanda. Con menos del 1% del parque vehicular compuesto por autos eléctricos, el incentivo para expandir agresivamente la red es bajo. No hay suficientes estaciones porque no hay suficientes autos, y no hay suficientes autos porque no hay infraestructura.
Costa Rica rompió ese ciclo con políticas agresivas, exoneraciones de impuestos, incentivos claros y ejecución sostenida. Panamá, por su parte, parece esperar que el mercado madure por sí solo, sin intervenir con la misma contundencia.
El resultado es que mientras Costa Rica construye un modelo de movilidad eléctrica que ya es referencia en la región, Panamá sigue en una etapa incipiente, con avances puntuales pero sin una estrategia plenamente aterrizada.
Cada año aumenta la brecha entre los dos mercados. Costa Rica está impulsando un proyecto de ley que va a multiplicar los cargadores rápidos y en Panamá, el tema de autos eléctricos no está en la agenda.



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