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Una ciudad sin estacionamientos y castigan a los conductores

Acudes puntualmente al lugar de la cita y no encuentras dónde estacionar. Das vuelta por la calle, esperas si algún vehículo se mueve, sigues manejando y nada. Entonces decides, de forma imprudente, dejarlo mal estacionado para no llegar tan tarde. En realidad, no hay dónde estacionar y cada vez, esta realidad, es más crítica. Y entonces, con la norma a su favor, las autoridades sancionan e imponen una boleta. Esto se repite y, especialmente, en los llamados "operativos de mal parqueados".

Se sancionó a vehículos estacinados en áreas con línea amarilla. La última jornada fue en San Francisco y Ancón, y vuelve volvió a poner sobre la mesa una realidad que la capital arrastra desde hace años: hay más vehículos que espacios disponibles para estacionar, pero la respuesta institucional sigue concentrándose casi por completo en la sanción. El resultado es un choque constante entre la necesidad de orden vial y la falta de soluciones.


En solo una acción, la semana recién pasada se aplicaron 134 infracciones a conductores que dejaron sus autos sobre aceras, intersecciones o zonas prohibidas. La cifra confirma que el problema no es aislado, es estructural. En una ciudad donde buena parte de los desplazamientos dependen del automóvil, estacionarse se ha convertido en una especie de carrera diaria contra el tiempo, la distancia y la ausencia de alternativas.


El punto más sensible está en que la capital no ha desarrollado, al ritmo necesario, una red de estacionamientos públicos. Faltan áreas bien planificadas cerca de estaciones del metro para que más personas puedan dejar su vehículo y continuar su trayecto en transporte público. Esa falla de planificación empuja al conductor a buscar una salida improvisada, muchas veces ilegal, que termina afectando a peatones, comercios y la circulación en general.


La sanción, por sí sola, puede ordenar un punto específico durante unas horas, pero no cambia el panorama de fondo. Multar a quien se estaciona en la acera es correcto; permitir que la ciudad siga sin suficientes espacios formales para estacionar es, al mismo tiempo, una contradicción que alimenta el mismo desorden que luego se intenta combatir.


El problema no se limita a la comodidad del conductor. Cuando un vehículo ocupa una acera, el daño recae sobre quien camina: personas mayores, niños, usuarios con discapacidad y padres con cochecitos se ven obligados a bajar a la calle. El mal estacionamiento no solo afecta el tráfico; también erosiona el derecho básico a moverse con seguridad por el espacio público.


La capital necesita una estrategia más amplia. Hace falta planificación urbana, estacionamientos de rotación, áreas disuasorias cercanas al metro, señalización clara y una política de movilidad que no trate al automovilista como el único responsable de un problema que también nace de la ausencia de estacionamientos. Sin eso, los operativos seguirán repitiéndose como un síntoma, no como una solución.


El riesgo es que la ciudad seguirá emitiendo multas. Si no hay dónde estacionar, el conflicto se traslada a la calle; y si no hay visión para ordenar el problema desde la raíz, la capital seguirá atrapada entre la necesidad de moverse y la imposibilidad de hacerlo bien.

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