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Por qué culpar al conductor no reduce los choques

Melissa sale de su casa en Rufina Alfaro a las 6:40 de la mañana para caminar hasta la parada de bus. A esa misma hora, Rogelio sale en su carro rumbo al colegio de sus hijos, antes de seguir hacia el trabajo. Se cruzan casi todos los días en la intersección de Manuel F. Zárate con la avenida principal de Brisas del Golf, aunque apenas se conocen de vista. Melissa cruza por donde casi todo el mundo cruza: la línea recta que conecta la parada con la acera del otro lado. En urbanismo eso tiene un nombre simple y útil: línea del deseo.

Es la ruta que la gente termina dibujando con los pies porque es la más directa, la más natural y, muchas veces, la única que siente como propia. En ese punto existió un paso peatonal, gracias a la gestión de la Junta Comunal de Rufina Alfaro y su representante, Iván Cheribín. En Fundación Reconocer coincidimos con esa ubicación porque era donde la gente ya caminaba. Después, una intervención vial eliminó ese cruce y concentró el paso frente a los semáforos.


El nuevo recorrido quedó más largo, sin refugio a mitad de camino y conectado a una acera que se interrumpe antes de completar el trayecto. Sobre el papel, el cruce sigue estando resuelto. En la práctica, mucha gente sigue cruzando por donde siempre cruzó. No por rebeldía, no por falta de cultura, sino porque el cuerpo memoriza sus rutas antes que cualquier plano. Esa mañana, Rogelio viene más rápido de lo normal. Tiene una reunión a las 7:30 y el tráfico de la mañana no perdona. Ve a Melissa tarde. Frena de golpe. No hay choque.


Pero el susto queda ahí, suspendido unos segundos en mitad de la calle. Más tarde, en el grupo de WhatsApp del vecindario, alguien escribe lo de siempre: que la gente no tiene cultura, que no cruzan por donde deben, que el problema es el comportamiento. Todos dicen algo que suena razonable. Y, sin embargo, todos se quedan cortos. El error del diagnóstico Durante años se ha repetido la misma explicación: si la mayoría de los choques tiene un componente de error humano, entonces el problema es la persona. El conductor, el peatón, el motociclista, el ciclista.


La conclusión aparece enseguida: más charlas, más campañas, más regaños, más llamados a la cultura vial. Ese razonamiento tranquiliza, pero explica poco. Los investigadores canadienses Zein y Navin, especialistas en ingeniería de transporte, advirtieron ya en 2003 que atribuir la mayoría de los choques al error humano lleva a una conclusión incorrecta: que corregir el comportamiento individual es, por sí solo, una estrategia eficaz. Un sistema vial serio no parte de la idea de que la gente no se equivoca.


Parte de lo contrario: acepta que las personas se distraen, calculan mal, tienen prisa, se confunden y toman malas decisiones. El trabajo de una calle segura no es esperar perfección humana. Es evitar que un error previsible termine en muerte o lesión grave. Por eso el error humano no explica por sí solo un choque. Lo que hace es mostrar el punto exacto donde el sistema dejó de proteger.


En Manuel F. Zárate no falló Melissa por cruzar por donde siempre ha cruzado. Falló un diseño que asumió que mover una línea pintada podía cambiar, de un día para otro, la forma en que un barrio entero camina. Lo que muestra la medición En ese mismo corredor, frente a una escuela, Fundación Reconocer instaló un radar certificado como parte de Luz Azul, su programa propio de monitoreo continuo de velocidad. La medición se mantuvo por más de un año y registró de forma sostenida la intensidad del tránsito y las velocidades del corredor.


El resultado fue claro: velocidad promedio de 62 km/h en una zona con límite de 40 km/h, con picos que llegaron hasta 132 km/h. Eso no describe a uno o dos conductores particularmente imprudentes. Describe un sistema que permite, tolera y normaliza esa velocidad. Cuando un mismo patrón aparece todos los días, en horas escolares y laborales, deja de ser una rareza individual. Se vuelve una respuesta previsible a una vía que invita a correr y no hace casi nada por impedirlo. La velocidad no es solo una infracción. Es un multiplicador de riesgo.


La evidencia internacional en seguridad vial muestra que, a mayor velocidad, sube tanto la posibilidad de choque como la gravedad del impacto, y que la distancia necesaria para detenerse crece de manera importante incluso con diferencias aparentemente pequeñas.


Cuando peatones y vehículos comparten espacio, la velocidad segura debe mantenerse baja, o la infraestructura debe separar y proteger de forma efectiva. Dicho de otra manera: a 62 km/h, la diferencia entre un susto y una tragedia deja de depender de la buena suerte. Empieza a depender del diseño de la calle.


El giro necesario Nuestro vecino Rogelio (nombres ficticios) no tiene que convertirse en villano para que el problema exista. Es un conductor atrapado entre una vía diseñada para fluir rápido, una jornada que castiga la impuntualidad y una fiscalización casi ausente. Melissa tampoco está cruzando mal en el sentido moral que tanto gusta en redes. Está siguiendo una ruta cotidiana que el diseño actual no acompaña. La pregunta correcta no es por qué la gente no respeta el cruce señalizado.


La pregunta correcta es otra: el cruce está donde la gente realmente camina o donde alguien decidió, desde un plano, que debía caminar. Ese giro importa porque cambia la respuesta. Si el problema es moral, la salida será sermonear. Si el problema es sistémico, la salida será rediseñar.


Qué se puede hacer Cambiar esto no requiere un discurso épico. Requiere decisiones concretas.

• Diseñar sobre la línea del deseo. Ubicar el cruce donde la gente ya camina reduce conflicto y reduce exposición. • Dar refugio real al peatón. Si el cruce es largo, la mediana debe permitir una pausa segura a mitad del recorrido.

• Hacer creíble el límite de velocidad. Un letrero sin control ni diseño físico que lo respalde no cambia comportamiento.

• Gestionar la presión horaria. Horarios escolares y laborales mejor distribuidos reducen la urgencia que empuja a correr.

• Medir antes de intervenir. Sin datos de velocidad, flujo y horas críticas, toda decisión termina siendo una apuesta.


Antes de moralizar Ese es el principio de Luz Azul, el programa propio de Fundación Reconocer para monitorear la velocidad vehicular de forma continua. Antes de lanzar una campaña, antes de repartir culpas y antes de mandar a todo el mundo a un curso, hay que entender qué está empujando realmente el comportamiento en la vía. La seguridad no vive en una persona aislada.


Aparece, o desaparece, según cómo estén alineados el diseño, la velocidad, la fiscalización y los tiempos cotidianos de una comunidad. Se gestiona. Rogelio no necesita otro afiche que le diga que maneje con cuidado mientras la calle le pide velocidad. Melissa no necesita que le repitan por dónde debe cruzar mientras el cruce ignora el camino que hacen sus pies.


Antes de culpar, hay que medir. Antes de corregir personas, hay que corregir sistemas. Las calles no están llamadas a perdonar la mala suerte. Están llamadas a estar diseñadas para perdonar el error humano. En Fundación Reconocer creemos que la movilidad segura no depende del azar, sino de la evidencia, la innovación y la voluntad de transformar cada vía en un espacio que protege la vida.


En un sistema seguro se asume que las personas cometeremos errores. Se acomoda el error para mitigar su impacto. Se redunda para proteger la vida de todos los involucrados. Y se acepta que la gestión de la seguridad es una responsabilidad compartida. Las ciudades que ya están implementando este cambio de paradigma reducen sus heridos y fallecidos, atraen inversión y generan bienestar.


Hay más de 50 casos con evidencia robusta, desde el plano científico y académico como también desde lo social. Si trabajas en una junta comunal, una escuela o una empresa, podemos instalar un radar en tu corredor por 30 días y entregarte un diagnóstico de velocidad promedio y horas críticas.


Ese punto de partida permite decidir con más seriedad si hace falta rediseño, fiscalización, o ambas cosas.


Jorge Vega Consultor internacional en Movilidad Sostenible Whatsapp 6674-8176 Movil 6674-6704 Fundación Reconocer es miembro de FICVI, Latin NCAP, Alianza Global por la Seguridad Vial de ONGS y tiene cooperación activa en 13 países. Sus dos co-fundadores son especialistas en Seguridad Vial. Su más reciente trabajo incluye la publicación del Indice Iberoamericano de Indicadores en Seguridad Vial y la Declaración de Madrid 2026.

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